Ser y pertenecer
- Anna Marín Cos
- 10 may 2025
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 27 abr

Recientemente, escuché que una de las decisiones fundamentales a las que nos enfrentamos en las primeras etapas del desarrollo es la elección, muchas veces implícita, entre el “ser” y el “pertenecer”. Delante de la amenaza que representaría el no-pertenecer, suele operarse un sacrificio del “ser” a favor de la inclusión y aceptación grupal.
Me pregunto: ¿qué significamos al hablar del “ser” y del “pertenecer”? ¿Desde qué marco epistemológico se enuncia esta dicotomía y cómo ha sido concebida en otras tradiciones culturales o cosmovisiones? ¿Es esta escisión una construcción específica de ciertas matrices culturales occidentales, o se trata de una tensión antropológica universal?
Si vamos a la etimología, encontramos que la palabra "ser" deriva del latín esse, que significa existir o ser.
El término "pertenecer" proviene pertinēre, (formado por "per": a través de o completamente, y "tenēre": tener, sujetar, poseer o mantener), que significa corresponder a o tener relación con. Más adelante, el término "pertenecer" evolución hasta significar formar parte o ser propiedad de alguien o algo.
En el contexto terapéutico, particularmente en los marcos humanista y sistémico, emerge un interrogante con una gran carga: ¿es posible sostener la autenticidad del “ser” sin comprometer la necesidad de “pertenecer”? Esta tensión mostraría que, en pro de asegurar la aceptación y vinculación afectiva dentro del núcleo familiar, las personas aprenderían a reprimir o fragmentar aspectos significativos de su identidad: emociones, deseos, orientaciones. Así, en múltiples casos, se optaría —consciente o inconscientemente— por la pertenencia, en detrimento del ser.
En dichos enfoques, el "ser" está se asociado con la conciencia de uno mismo, la autenticidad y la capacidad de vivir en coherencia con los propios valores.
[Desde una perspectiva humanista, el “ser” se vincula estrechamente con la autorrealización, la conciencia reflexiva sí y la vivencia de la autenticidad, entendida como la capacidad de vivir en coherencia con los propios valores, necesidades y verdades internas. En el enfoque sistémico, el sujeto forma parte de redes vinculares más amplias, donde el “ser” está ligado a órdenes relacionales y grupos de pertenencia.]
El ser auténtico se vería afectado por la calidad del pertenecer -una necesidad emocional básica que se refiere a sentirse incluida, vista y reconocida dentro de su sistema familiar o social-. La exclusión o el desequilibrio en los órdenes del sistema familiar producirían síntomas, conflictos o bloqueos en el desarrollo.
"La paz comienza ahí donde cada uno puede ser lo que es" Hellinger
Bert Hellinger, explora cómo, en el proceso de integración al sistema familiar, las personas a menudo sacrifican su autenticidad para ser aceptadas. Sin embargo, la pertenencia no requeriría renunciar sí mismx; sino honrar la propia identidad dentro del contexto familiar sin perder la conexión con la esencia personal. La intervención terapéutica buscaría, por tanto, restaurar el sentido de pertenencia, permitiendo recuperar el lugar e identidad dentro del sistema familiar.
En antropología, el "ser" es concebido como una entidad relacional y socialmente construida. La identidad individual se forma en el seno de una comunidad, a través de vínculos, roles, mitos, ritos y símbolos compartidos. Así, pertenecer no es solo estar incluidx en un grupo, sino también participar de su visión del mundo, de su memoria colectiva y de su estructura simbólica. La pertenencia configura el marco desde el cual el sujeto puede comprenderse a sí mismo. Desde la antropología, el "ser" no concibe como algo aislado, sino como el producto del entorno social, los ritos, el lenguaje, las relaciones con el grupo... Es decir, la forma en que una persona entiende quién es dependería del entorno social.
Por ejemplo, en culturas colectivistas, el "ser" está mucho más entrelazado con el grupo que en culturas individualistas. La identidad de la persona está estrechamente vinculada al grupo al que pertenece y esto le otorga sentido y estructura al ser. Cuando esta conexión se interrumpe, como ocurre en la migración, el colonialismo o la exclusión social, surge una crisis de identidad debido a la pérdida del marco simbólico y del reconocimiento social. Por lo tanto, el "ser" se constituiría a partir del pertenecer, -que se refleja en la membresía a clanes, tribus, comunidades o naciones-, y es esencial para la supervivencia y la cohesión social.
Si vemos ejemplos etnográficos, encontramos la idea de ontologías múltiples, como una de las propuestas más disruptivas de la antropología contemporánea, especialmente a través del trabajo de Viveiros de Castro y Eduardo Kohn.
[Una ontología es una forma de concebir qué existe y cómo se organiza la realidad: qué cosas son, cómo se relacionan, y qué estatuto tienen -espíritu, materia, humano, no humano, etc.- Por ejemplo, en algunas culturas amazónicas, el ser humano no es radicalmente distinto de otros seres -animales, espíritus-, lo que cambia la noción de lo que "es".]
La tradición occidental suele concebir la ontología como algo universal y objetivo, donde existe una única realidad compuesta por átomos, leyes físicas, una especie humana separada, y una distinción clara entre naturaleza y cultura. Según Eduardo Viveiros de Castro y Eduardo Kohn, esta visión no es neutral ni única: es una entre muchas posibles. En otras culturas, se entiende de forma muy distinta qué es un ser, qué es estar vivo, o qué es tener alma o agencia. En lugar de ver la realidad como una única verdad universal y objetiva, se sugiere que existen diversas formas de concebir lo que “es” y cómo se organiza la existencia.
Según el perspectivismo amerindio que transmite Viveiros de Castro, la humanidad no sería una propiedad biológica exclusiva de los humanos, sino una condición relativa a cómo cada ser se relaciona con el mundo. Esta visión desmantela la separación occidental entre naturaleza y cultura:
"El perspectivismo amerindio sostiene que
el mundo está compuesto no por una única naturaleza habitada por múltiples culturas,
sino por una única cultura vista desde múltiples naturalezas.”
Para muchos pueblos indígenas, todos los seres son “personas” con su propia visión del mundo. Lo que cambia no es la cultura, sino el cuerpo o el punto de vista desde el que se vive. En el marco del perspectivismo amerindio, los pueblos indígenas de la Amazonía no conciben a los animales como objetos naturales, sino como sujetos sociales. No habría una “naturaleza” neutral, como asumimos en occidente. Todo está en relación. El ser se define por sus vínculos, no por su esencia aislada. El perspectivismo amerindio nos invita a descolonizar el pensamiento y a abrirnos a otras formas de entender la existencia. En lugar de una ontología única y jerárquica, propone una multiplicidad de mundos y seres, donde el "ser persona" no una propiedad fija, sino una construcción relacional que se define por los vínculos y no por la individualidad aislada. Así, se desplaza el foco desde el ser individual hacia el ser relacional.
En su obra How Forests Think, Kohn estudia a los runa, un pueblo amazónico de Ecuador, y plantea que los seres vivos no humanos también piensan, representan y comunican. Para Kohn, el pensamiento no es exclusivo de los humanos. Por eso, habla de una antropología más allá del humano, que requiere repensar qué es el "ser" si no lo reducimos solo a lo humano racional.
“Si queremos entender cómo los no humanos significan,
debemos superar la idea de que solo los humanos piensan.” Kohn
Kohn argumenta que la semiosis -la creación de significado- no es exclusivamente humana. Esto implica una redefinición del ser más allá de la especie. Para los runa, el mundo no está dividido entre naturaleza y cultura, sino habitado por una multiplicidad de personas no-humanas —animales, plantas, espíritus— que tienen agencia, perspectiva y vida social propia. Este pensamiento, profundamente relacional y no antropocéntrico, concibe que cada ser ve el mundo desde su punto de vista, actuando como sujeto social. Así, la caza, la alimentación o el cuidado del entorno no son acciones técnicas, sino interacciones éticas con otros seres conscientes. Esta visión rompe con la noción moderna de naturaleza como objeto pasivo y propone un mundo tejido por relaciones entre múltiples formas de vida, donde el ser humano no es el centro, sino uno más entre muchos. En la perspectiva de Eduardo Kohn, el bosque piensa: no porque tenga una mente humana, sino porque está atravesado por signos, relaciones e interpretaciones que exceden la conciencia humana. Esta visión descentra la noción clásica del ser como sustancia individual y lo redefine como una red de relaciones vivas, donde lo humano es solo un nodo más en un entramado más amplio de inteligencias y agencias no-humanas.
Volviendo al ser en relación al pertenecer
Si bien, en un inicio, plantée que des del ámbito terapéutico, habría una tensión entre la autenticidad de ser y la necesidad de pertenecer, en la que surgiría la pregunta: "Si me muestro tal como soy, ¿continuaré formando parte?". Desde la antropología, tomando en consideración una diversidad de cosmovisiones, respondería que el pertenecer -más allá de un deseo humano profundo- es una dimensión constitutiva del ser. Uno "es" en tanto "pertenece" a una comunidad, con un lenguaje y una cosmovisión. Es decir, no existiría un ser separado de sus vínculos y contextos, sino que se construye, experimenta y reconoce en relación a ellos.
La noción de ontologías múltiples nos invita a descentrar el "ser" humano como medida de todo y a reconocer que hay otros modos de existencia, otras realidades posibles y otras formas de habitar el mundo. Esto nos permite repensarnos y repensar la alteridad. Y tal vez poder percibir el "ser" de una forma menos fragmentada, menos separada, y el pertenecer, desde una condición más inclusiva.


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